BESTIAS
''En una época de engaño universal, decir la verdad es un acto revolucionario''
-George Orwell-
¿Cómo contar el desgarro?¿Cómo definirlo? ¿Cómo transmitir el terror experimentado?
Es imposible alcanzar ese nivel de comprensión sin haberlo vivido.
Es de pensamiento utópico creer que entenderás ciertas experiencias si estas no han lacerado directamente tu piel, tu alma y tu fortaleza
¿Como trasladar al neófito al terror de una noche donde la soledad hará que cuando la bestia salte sobre tu espalda te dará la certeza de que nadie te va a rescatar?
Describirte como el pánico forma una niebla espesa a tu alrededor cuando la bestia rezuma primigenia perversión y empieza a seguirte desde el portal y tú aceleras el paso. Las calles están desiertas y solo fijas un objetivo en tu cerebro: tienes que llegar al coche. Y llegas al callejón y allí está el coche y medio suspiras de alivio y tus manos nerviosas tantean dentro de la mochila desesperadamente en busca de las llaves. 10 mts, 5mts lo tienes al alcance de la mano, pero un fuerte empujón rompe en mil pedazos tu esperanza. Y en ese callejón oscuro donde todo pasa en unos minutos eternos es donde, más que nunca, Einstein y su tiempo relativo toman forma, la forma de un monstruo. Una bestia que con la rapidez del ataque de la serpiente recorre tu cuerpo con garras veloces en busca huecos y grietas por donde penetrar y allanar tu ser. Cómo describir ese aliento espeso mezcla de alcohol y putrefacción respirando jadeante entre tu cuello y tu oreja, cómo pormenorizar esa lengua viscosa murmurando promesas de dolor mientras lame con frenesí centímetro a centímetro cada pedazo de tu piel hasta infectarlo todo. Su rodilla como un ariete de acero embiste entre tus muslos y separa tus piernas. Y no entiendes porqué tu cuerpo se paraliza y tan solo tu garganta es capaz de gritar una retalía de noes que en nada frenan a la bestia. Y sigues aprisionada entre la bestia y tu coche, que es tu refugio, al que no puedes acceder. Y la bestia empuja, la bestia tira, la bestia desgarra y la maneta del coche se clava en tu espalda y desearías que esa puerta se abriera y colarte como un suspiro dentro dejando a la bestia fuera. Pero la puerta sigue cerrada y tus brazos apresados por el terror provoca que sus movimientos sean de una lentitud exasperante que no consiguen apartar a la bestia. Y sus dedos alcanzan con una rapidez directamente proporcional a tu lentitud sus objetivos y arañan y hurgan y penetran. Y tu interior brama dolor y tus entrañas vomitan miedo a cada embestida de la bestia.
Y acaba. Y todo queda en suspenso.
Y la soledad llora contigo arrodillada junto a la rueda de tu coche.
Solo leves gemidos y murmuros rompen el silencio.
Y el terror te apremia: las llaves, las llaves!! va a volver, va a volver!!
Y con los pantalones por las rodillas y las medias, que llevabas para combatir el frío nocturno, lacerando aun tu cintura, gateas en una búsqueda desesperada por recoger tu mochila y tus llaves. Todo esta esparcido a tu alrededor como pequeños espectadores congelados ante la barbarie de la que han sido testigos.
Y consigues levantarte con las llaves entre los dedos que tiemblan y entras en el coche y bloqueas las puertas y gritas y lloras y tus puños, que no hicieron nada por ti ante la bestia, golpean rabiosos el volante. Y una arcada escala tu garganta, y el vómito acude a tu boca y el pánico te atenaza al pensar que tienes que abrir la puerta para vomitar y es ese pánico el que hace que te tragues ese vómito que arrastra con él la bilis, el dolor, la tristeza y la impotencia. Y una segunda arcada te sirve, con agrio sabor, la certeza de que no eres tan fuerte como creías, que eres una presa, y que no importan tu raza, tu religión, tu edad, tu modo de vestir, el largo de tu melena o lo corto de tu falda. Eres carne. Eres carne que camina y que puede ser abatida por la bestia. Y decides negar con contundencia tu flaqueza. Y decides negar lo ocurrido. Y una botella medio llena de agua abandonada en el asiento trasero limpia rastros y lágrimas.
Y coges aire y tomas una decisión. NO HA PASADO.
Y una frialdad punzante recorre tu columna vertebral. No ha pasado. A mi no.Yo no retrocedo, yo lucho.
No ha pasado, esto destrozaría a la familia, no te dejarán volver al trabajo. Nadie lo debe saber nunca.
Y llegas a casa, tu familia ya duerme, te deslizas hasta el cuarto de baño y te acurrucas bajo una ducha que derrama agua tibia sobre tus doloridos muslos, tu cintura, tu pelvis y tus nalgas. Y lloras en silencio.
Y bajo ese chorro de agua caliente, único consuelo en esa noche de terror, tomé la decisión, y muy en contra de mis principios me sometí al amo. Vendí mi dignidad por unos miserables euros creyendo que el tiempo dejaría esa noche negra oculta en el más recóndito e inhóspito lugar de mi cerebro y que llegaría por fin el día en que el aquelarre que conforma la cúpula de la empresa tendrían en cuenta mis súplicas.
Y acudes a escondidas de la familia al médico solicitando unas analíticas, y tu doctora con espanto examina tu cuerpo magullado. Unos horribles moratones hacen acto de presencia en tus muslos, cintura, pelvis y las nalgas y la ansiedad por esconder esas evidencias en casa provoca que la mentira aleje a tu pareja de la visión de tu cuerpo. Y rechazas su contacto, he inventas quimeras para que no te roce, para que no te vea desnuda. Inicias discusiones absurdas para alejar a tu pareja de tu cuerpo durante semanas. Y cuando los moratones evolucionan hacia un amarillo enfermizo sabes que están desapareciendo y que, en cuanto eso ocurra, podrás por fin olvidar. Pero tu cerebro decide que no debes olvidar y, frente a tus tozudos intentos de negación, él imprime sobre tu piel un mapa de llagas que te escuecen y torturan con su presencia las 24h del día. Y sigues negando esa noche y las llagas no sanan. Los médicos no encuentran explicación, y te medican con tratamientos para el cáncer y las llagas se esparcen por cada rincón de tu piel donde esa noche oscura la vileza violó tu cuerpo. Y te miras en el espejo y las llagas te muestran el recorrido exacto por donde la bestia pasó: la primera llaga tras la oreja y el recorrido no se detiene hasta donde empiezan los muslos.
Y corren los meses, y semana tras semana debes acudir de nuevo a ese infierno...sola. Y recorrer esa acera de portales oscuros y esquinas traicioneras. Y lo sigues negando. Y nada cura tu piel. Nada.
Y podemos hablar de mala suerte. O podemos hablar de verdades y realidades.
Hablemos de lo segundo.
Realidades: Esta ha sido mi realidad durante mas de año y medio. No he conseguido enterrarlo. Finalmente el pánico hizo que ese miércoles de junio me rompiera en dos al pensar que debía volver al día siguiente por la noche y acabé acurrucada en una cama protegida por un mutismo absoluto y unas lágrimas que desbordaban mis ojos. Y pasadas unas semanas tuve que contar que pasaba en casa. Y tuve que ver la desolación es sus caras. Su dolor. Su rabia. Su impotencia.
Y vivir un nuevo infierno al abrir esa puerta que tanto había intentado cerrar. Las llagas desaparecieron sin medicación pero el miedo se instaló como amo y señor de mi vida. Miedo a salir sola, a los espacios cerrados, al contacto visual con los hombres, al contacto físico, al metro, al bus, a los cines.Una larga lista que limita mi vida a una calle y mi casa. Miedo en estado puro.
Verdades: Una verdad bombeaba en mi cerebro en esas semanas de llanto y mutismo: en esta história hay victima, autor y responsables: la bestia fue la autora de la barbarie pero los responsables de facilitarle la presa sin ningún tipo de pudor, los que pusieron la diana en mi pecho fue la empresa. Un grupo de mujeres me convirtieron en la víctima de una atrocidad que se podía haber evitado. Sois indignas de vuestro género. Vergüenza infinita de vuestra condición. Es obsceno que os hagáis llamar mujeres.
La aleatoriedad de lo sucedido reduce sus probabilidades hasta unos mínimos insultantes ya que había un alto porcentaje de que pudiera pasar. Se había advertido muchas veces, más de las necesarias ¿Y por qué digo más de las necesarias? Sencillo, porque cuando alguien te avisa de un peligro muy real al que se ve expuesto y al que tú puedes poner remedio debe ser suficiente con que te lo diga una sola vez para que pierdas el puto culo para remediar esa situación. Y si decides no hacerlo, porque la inteligencia emocional brillan en ti por su ausencia, hazlo por obligación. Porque te debes a la obligación de velar por la seguridad de tus trabajadores durante sus jornadas laborales. ES LA PUTA LEY.
Pero en nombre de la empresa decides no mover ni un dedo. Ninguneas las súplicas de las dos personas que formaban parte del turno de guardia en ese momento, y les niegas una solución. Y cuando el turno de guardia queda reducido a una sola persona, hecho que incrementa el doble el miedo que genera ir a trabajar de noche, le vuelves a negar protección y soluciones con un desprecio y frialdad execrables. Y dejas sola a esa mujer, repito S O L A, haciendo turnos de noche. Nunca ninguna de esas súplicas consiguieron que levantaras, ni tan siquiera una ceja. Y dejaste a esa mujer SOLA en un lugar en el que cuando no brilla el sol las calles son trincheras donde ojos de cazador resiguen esquinas y portales buscando carne. Dejaste que esa mujer fuera semana tras semana SOLA a ese lugar infecto. Y cuando ya al borde de la ansiedad te pide que le dejes que la acompañe en esos turnos su perro para que la proteja, se lo niegas ¡¡LE DICES QUE NO!!! y se lo dices con la boca de la cínica mezquindad del que permite jaulas de gatos durante turnos enteros en horarios diurnos.
Llegados a este punto me gustaría sugerir que, en el caso de que no se haga actualmente, seria un bonito gesto que la asociación de gatitos abandonados agradeciera personalmente al sr.Segovia su colaboración en las adopciones cediendo para ello espacios del centro de trabajo así como una ingente cantidad de horas de trabajo y llamadas de teléfono. Una tarjeta de agradecimiento y un calendario de los que editan seria cumplir con unos mínimos de reconocimiento a la colaboración desinteresada por la causa.
Yo siempre digo que la distancia emocional se mide en grados de indiferencia. Si el punto de inicio es 0º tu indiferencia hacia mi persona alcanzó cómodamente los 180º cuando te acercaste, más de un año después de haber empezado los turnos sola, a preguntarme por primera vez por los turnos de noche. Pero se me congeló el alma cuando la pregunta que esperaba de ti era si seguía pasando miedo y no lo fue. No, esa no fue la pregunta, viniste a acusarme de haber llevado a escondidas a mi perro. Reiteraros que desde ese NO rotundo en que me negasteis su protección mi perro jamás pisó la oficina ¿Y me arrepiento de haber seguido tu orden? Mucho, con él junto a mis piernas esto jamás hubiera pasado. Ante tu repugnante pasividad por cumplir con tus obligaciones y la maldad de negarle al trabajador su seguridad y cuando ante ese despropósito este decide proponer soluciones de coste cero a la empresa lo único en lo que tu mente enfermiza piensa es en si habré cumplido o no las ordenes dadas. Solo un calificativo acude a mi mente para definir ese comportamiento. Ni lo escribo porque doy por hecho que al practicarlo a diario ya estás más que familiarizada con él.
Aun recuerdo la frialdad de la persona que me dijo: -Hay cámaras en la escalera por si te pasa algo-. Esa fue toda la solución que le disteis a esa mujer: la posibilidad de poder obtener una cinta donde ver reproducida en bucle su propia violación.
Jamás podré borrar de mi mente el miedo de esa noche. Jamás lograré que desaparezcan los recuerdos de esas manos, esa boca, ese aliento, no necesito la grabación de una cámara para revivir esa brutal violación. Pero os aseguro que haré lo posible para transmitiros cada segundo del terror vivido esa noche y los días que le han seguido.
Y os traslado una hipótesis, la mayoría de vosotras tenéis hijas, nietas, hermanas, madres, sobrinas o amigas. Si lo relatado en estas hojas les hubiera pasado a una de ellas, sabiendo que ese ser querido había pedido muchas veces una protección que se le negó de forma sistemática sin ningún tipo de pudor ¿Que coste le pondríais a esa violación para sentir que se ha hecho justicia ante el menosprecio de unos responsables que permitieron que pasara? ¿Que precio tiene verte de rodillas violada?
Yo solo tenía un secreto que ya no lo es , pero que aun hoy está afectando seriamente a mi salud, y a partir de ahí nada más. No tengo nada que esconder. No tengo nada que perder ¿Podéis decir lo mismo vosotros?.
Durante meses os habéis preguntado que le pasaba a Carolina, indagado, queriendo saber, queriendo que Carolina hablara. Bien, pues hay que ser cautelosos con lo que se desea. Carolina ya ha empezado a hablar y tiene mucho que contar.
-Nota del autor: esta carta fue entregada a la empresa donde trabajaba cuando le pidieron explicaciones sobre su IT-